日本 – Tokyo (2): Shibuya y Harajuku

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Una de las visitas más interesantes en Tokyo fue la tarde que pasamos en Shibuya y Harajuku. El cruce de Shibuya seguro que lo habéis visto en muchas películas: tiene un cruce horizontal combinado con uno diagonal, por lo que cuando el semáforo se pone verde parece que una manifestación inunda la calle en todas las direcciones. En los edificios que se encuentran en frente del cruce están situadas tres enormes pantallas de televisión. Espectacular.

Pero lo llamativo de Shibuya no acaba en la decoración del entorno, sino por la “fauna” que por allí pasea. En Shibuya se encuentran varios centros comerciales de moda, pero el más famoso es “Shibuya 109” (ichi-maru-kyū). Este centro comercial es muy popular entre las adolescentes niponas y es famoso por ser el origen de las Gyaru, una subcultura (que horror de palabra, pero así me lo nombraron) cuyos signos distintivos son las minifaldas, pelo largo y de colores claros, moreno -exagerado- de rayos UVA, botas altas o calentadores, bolsos Louis Vuitton y teléfonos móviles con muchos accesorios. Extrema delgadez en todas ellas. Algo que entre ellas se entiende como muy cool. Las cafeterías del Shibuya 109 llenas de jovencitas con la laca y el maquillaje en la mano. Digno de análisis sociológico.

Mei, nuestra guía en Tokyo, nos comentó algunos aspectos de esta tribu urbana. Tienen su propio lenguaje conocido como Gyaru-go: abuso de superlativos, uso de anglicismos y contracciones en inglés y japonés, así como expresar sentimientos mediante colores. Se colocan de forma especial cuando están paradas: punteras juntas, rodillas juntas y cuerpo ligeramente echado hacia atrás. Existen muchas variantes como las Ganguro, las Ganjiro, las Yamamba o las Ko-gals. Este ritmo de vida y de gasto (en algunos casos, nos comentó que superior a 2.000 euros mensuales), deriva en que se vean chicos dedicados a “captar” a las chicas más monas (a la salida de la estación de Shibuya vimos unos cuantos) con intenciones que todos os podéis imaginar.

Después una parada de metro para descubrir otro de esos puntos que cualquier visita a Tokyo no debería omitir: Takeshita Douri. Es la calle más conocida de Harajuku, está llena de pequeñas tiendas y de jóvenes japoneses con las pintas más estrafalarias (y creativas, claro) que podáis pensar. ¿ Os imagináis a una chica de unos 18 años vestida con un vestido verde de época y un peinado al estilo de las Amistades Peligrosas ? Bueno, pues es un ejemplo de lo que vimos en Harajuku. En Japón, a diferencia de Europa, para ir a la moda no debes ir a Zara, no debes vestir igual que el resto. Debes ser diferente, original, único. Debes distinguirte.

日本 – Reflexiones

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Llevé una libreta pequeña para anotar cosas.Y dos libros, aunque uno se quedó allí, pero volverá a España acompañado. Realmente no me hicieron falta.

Qué mejor historia que ver el rostro de la gente.
Sentarte a ver discurrir la vida, contemplar y tratar de entender.
Japón tiene mucho de tratar de entender.
Una inmersión en su vida diaria, en sus paisajes y paisajanes.
Desconocer sus nombres y no necesitarlos.
Saber que los retendrás en tu memoria mientras puedas.
Saber que nunca más te cruzarás con ellos, pero que su recuerdo te llenará siempre.

日本 – Tokyo (1)

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Dice Manuel Vicent en su reciente libro “Viajes, fábulas y otras travesías”:

Hace años me propuse viajar a todas las ciudades que me sonaran bien al oído por muy alejadas y secretas que se hallaran en el mapa. Además de tener un sonido evanescente me exigí que fueran ciudades que de adolescente sin conocerlas las hubiera soñado y pronunciado su nombre pasando lentamente cada una de sus sílabas por los labios mientras hojeaba el atlas.
Por eso titulé esos viajes “Por la Ruta de la Memoria”. Alejandría, Nueva Orleans, San Petersburgo, Shanghai eran lugares llenos de aventuras que yo había realizado durante los sueños.

Tokyo (東京) es una de esas ciudades que siempre han paseado por mi memoria. Como dice mi amigo Fer: no importa lo que hayas leído, lo que hayas visto o lo que te hayan contado. Hay que estar allí para verlo. Si no te importa llegar un día a la estación de Shinjuku en hora punta y soportar los empujones de cientos de personas, Tokyo es tu ciudad.

Después de la tranquila elegancia de Kyoto y Nara, lo primero que sorprende cuando llegas es la sensación de urgencia que lo invade todo. Cada elemento dentro del sistema circula intentando buscar la vía más rápida a su destino. La siguiente sensación es de cierto vértigo y estrechez: existen zonas abiertas, por supuesto, pero cada espacio parece medido al milímetro, aprovechando el espacio disponible. La sensación se acelera con las autopistas en altura que cruzan la ciudad, la situación de encajonamiento se agrava, con carriles más pequeños de lo habitual donde hasta el arcén desaparece para economizar espacio. Aspectos negativos de las grandes áreas metropolitanas.

Sin embargo, la ciudad produce esa sensación placentera del anonimato, del desconocimiento. Tokyo es una ciudad increíble, una de las metrópolis más bulliciosas y activas del planeta. He visitado otras grandes ciudades como París, Londres, Moscú o El Cairo y no tienen nada que ver. Tokyo tiene absolutamente de todo: puedes encontrar casi cualquier cosa a cualquier hora del día. Sin embargo, en medio del aparente caos, todo tiene su razón de ser. Es un caos organizado. Ya sé que suena paradójico, pero es así. El complejo entramado del metro te invita a perderte, a alcanzar alguna pequeña estación de algún lejano barrio y pasear sin rumbo fijo. Y eso a pesar de que apenas hablan inglés, con lo que unos conocimientos mínimos de japonés son imprescindibles para descifrar paradas de metro o comunicarte. En ocasiones, tu frustración es comparable a la de Bill Murray en “Lost In Traslation”.

Acercarte hasta el distrito de Asakusa, que cautiva la atención de los visitantes con sus coloristas y pequeñas tiendas que venden de todo, desde recuerdos hasta panecillos dulces y muñecas. Al final del largo paseo, puedes encontrar -en el corazón mismo de la gran ciudad- un majestuoso templo y su pagoda de cinco pisos, donde puedes encontrar una atmósfera totalmente diferente: un enorme espacio abierto, con multitud de personas de lo más diverso. Turistas mezclados con peregrinos echando monedas en los limosneros o quizás comprando papeles o-mikuji, en los que se predice el futuro. De allí un paseo por el río Sumida, el atardecer reflejado en las montañas de apartamentos que lo flanquean, se escapa en la noche hacia el barrio de Ginza. Neones, publicidad, impacto visual: el Tokyo eléctrico. Y es que Tokyo es una ciudad deliciosa por su monstruosidad. Es encantador conocerla a pie de calle: convertirse en un tokyota. Es necesario ir en modo esponja. En algún momento, sientes que tienes cualquier cosa al alcance de tu mano. Degustar un delicioso ramen en un puesto callejero, perderte en la inmensidad de Shinjuku, descubrir la fascinante experiencia de las tiendas a 100 yenes o ir al barrio de la tecnología, Akihabara. Tú decides.

Algo que también sorprende muchísimo es la cantidad de gente que hay en cualquier sitio que vayas. Con una población de 14 millones de personas (y 28 millones en todo el área metropolitana), su densidad de población es la más alta del mundo con 14.000 personas por km2. Sin embargo, es curioso como, con la multiplicidad de espacios públicos, carecen de esa “familiaridad” que tenemos los españoles. Es habitual ver una terraza llena de mesas con una sóla persona y esto impacta nuestro concepto de espacio “compartido”. La individualidad, la intimidad y discrección se exageran como barreras a la comunicación interpersonal. Es una de las cosas que menos me gusta de Japón. Servidos en monodosis que impiden el establecimiento de relaciones sociales.

Quizá como estamos acostumbrados a los excesos del contacto y de la proximidad física, para nosotros el lenguaje corporal se reduce a algunos gestos obvios. Pero en Japón ocupa un lugar de privilegio en las formas de relación social. Los apenas perceptibles gestos con la cabeza como signo de respeto lo atestiguan. Incluso se convierten en gestos contagiosos cuando te sorprendes una y otra vez gesticulando como ellos. Es importante no violar sus espacios, infranqueables para los desconocidos.

En definitiva, Tokyo es la ciudad más interesante donde he estado. Más allá de las guías de ciudades o países, un viajero busca encontrarse con su capacidad de sorpresa y con sus emociones. Algún día os hablaré de otras ciudades que han paseado por mi memoria…

日本 – Kyoto (3), Fushimi Inari y la experiencia de Nara

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Poco más a destacar en Kyoto: vimos el Palacio Imperial y el Castillo Nijo, dos fortalezas feudales. Nijo fue una fortaleza de la familia Tokugawa, los primeros shogun. Tiene una particularidad interesante: el suelo de madera dentro de las estructuras se llama “el suelo del Ruiseñor” (鶯張り, Uguisu Bari) porque produce un sonido similar a un chillido cuando se camina sobre él, de modo que se podía detectar a un intruso inmediatamente. Aparte de eso, impresionan mucho los cementerios Jizo (地蔵) que se pueden encontrar junto a muchos templos: Jizo es como se conoce en Japón a Kshitigarbha, un bodhisattva del Mahayana, una de las ramas del budismo. Son homenajes a los bebés nacidos muertos, los que murieron al nacer, los abortados (naturalmente o de forma inducida) o los niños fallecidos prematuramente. Realmente impresiona la veneración por la muerte.

Desde Kyoto y a sólo un par de paradas de cercanías, nos acercamos al santuario Fushimi Inari. El día estaba aplomizo y eso aumentó la espectacularidad del lugar. Es éste un santuario no muy frecuentado por turistas, aunque apareció también en Memorias de una Geisha. Es conocido por los miles de tooris rojos que delimitan el camino por la colina en la cual se encuentra situada el santuario. Prácticamente los 4 kilómetros del camino estábamos rodeados de toriis con un nombre grabado en la parte de atrás, procedente de las empresas o particulares que han querido dejar su “huella” para tener buena suerte.

El siguiente día hicimos excursión desde Kyoto a Nara (奈良) es una de las ciudades más antiguas de Japón. Sus construcciones son realmente maravillosas. Nada más salir del tren que nos llevó desde Kyoto, nuestra guía fue a la Oficina de Turismo y nos trajo planos en español (lo cual me pareció increíble). Disfrutamos mucho caminando por el parque Nara-koen donde más de 1.000 ciervos viven en total libertad y hacen las delicias de los niños y de algún turista hispánico con alma de adolescente. La ciudad es famosa por sus templos, pero no describiré cada uno, porque visto uno vistos casi todos. Destacar únicamente el templo Kôfuku-ji (興福寺), famoso por su pagoda de cinco pisos. También me gusto por su majestuosidad el templo Tôdai-ji (東大寺) que es la principal atracción de Nara, siendo la construcción de madera más grande del mundo (40 metros de alto por 47 de largo), que guarda el Gran Buda de Bronce, el más grande de Japón con 16 metros de altura.

Dentro del templo nos topamos con una excursión de un colegio, niños pequeños todos perfectamente uniformados, y obviamente no pudimos resistirnos a sacar algunas fotos. Es espectacular la organización: cada grupo de niños con un gorrito de colores diferentes, en función del grupo asignado. Un excelente método de control de los niños. Sencillo y efectivo, como todo en Japón.

日本 – Kyoto (2)

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Lo imprescindible de Kyoto continúa con la visita al barrio de Gion: se trata de pequeñas calles con casas construidas en madera donde te sientes en cierta manera trasladado varios siglos atrás. Farolillos rojos en las entradas de las casas. El distrito es conocido porque es aquí donde puedes ver paseando y luciendo kimonos coloridos a maikos o incluso a geishas. Aquí se filmó parte de la famosa película “Memorias de una Geisha”. Pudimos ver dos o tres geishas por la calle. Lo malo es que al ver turistas empezaron a correr para evitar la foto. De todos modos, pudimos fotografiar a un par de maikos caminando y a una geisha con sus zuecos de madera (geta). Desde allí, la parte este de Kyoto se estrecha y se extiende hacia una suave y pequeña cadena montañosa. En los pies de las montañas se asienta un gran número de imponentes templos, entre los que destacan Kiyomizu-dera y Ginkaku-ji, el Templo del Pabellón de Plata.

Kiyomizu-dera (“Templo del Agua Pura”), es un templo budista famoso por que se dice que las aguas que fluyen de su manantial tienen la propiedad de curar diversas enfermedades. El amplio espacio abierto, tipo balcón, se extiende a varios metros del suelo y en toda la construcción no se utilizó ni un sólo tornillo. El mirador ofrece una fantástica vista de la ciudad. Ginkaku-ji es mi templo favorito de Kyoto. Su austeridad destaca en contraste con el brillante esplendor del Pabellón de Oro. Sin embargo, el entorno es difícil de superar: el jardín es inolvidable por su “mar” de grava blanca (o Ginshadan), con suaves ondulaciones que representan las olas. Es esa delicadeza de lo efímero la que lo hace especial, concentrándose en la sutileza del entorno.

Estos dos templos son los que más me sorprendieron de Kyoto, especialmente los jardínes de Ginkaku-ji. Una visita a este templo ayuda a comprender el concepto estético japonés de wabi-sabi (serenidad austera, elegante simplicidad): esa sensibilidad japonesa basada en la apreciación de la evanescente belleza del mundo físico, encarnada en el melancólico atractivo que emana de la impermanencia de todas las cosas.

Es la misma belleza efímera que emana del sumi-e, del ikebana o de los haikus, mediante la contemplación atenta de las cosas más simples e incluso imperfectas. La belleza aparece espontáneamente en cualquier momento en que se den las circunstancias, el contexto o el punto de vista adecuados. El hecho de que las obras sean efímeras, debido al material de que están hechas, lo convierte en un acto de reflexión sobre el paso del tiempo.