Planificar, recopilar, simplificar… y defender tu concentración

1

Recopilas información, la procesas, la organizas, la revisas. Te parece bien, pero podría estar mejor. Recopilas más información, la procesas de nuevo, la vuelves a organizar y a revisar. ¿Hasta cuándo?

Mucho más importante que decidir qué hacer, es cómo y cuándo lo haces. Me pasa como a Berto Pena: desde pequeño fui un pequeño desastre organizativo. El perfeccionismo, la indecisión, el exceso de análisis, la falta de planificación o, simplemente, la tendencia a dejar las cosas para más tarde sólo te llevan a desaprovechar las buenas oportunidades. Actuar en el momento preciso es la clave.

La experiencia es, sin duda, una buena aliada de la gestión personal eficaz. He aprendido que ser “organizado” no tiene nada que ver con ser un maniático o meticuloso, tiene más que ver con seguir un método sencillo que te haga la vida y el trabajo más sencillos. Si sabes lo que vas a hacer a continuación, no tendrás que perder tiempo pensando en ello.

En mi caso, me ayuda mucho planificar con antelación todas mis tareas (aplicando algo de GTD que todavía tengo que desarrollar más), a recopilar tareas de forma adecuada (Evernote, por ejemplo, es un gran herramienta para esto) y, sobre todo, a simplificar.

Pareto arrasa, lo miremos por donde lo miremos… Así que en mi vida profesional, por sistema, cada viernes planifico las tareas de la siguiente semana y hago una estimación del esfuerzo que me costará. Y, además, intento decidir cuál es la tarea más importante para hacerla el lunes a primera hora. Los beneficios son evidentes: te ayuda a enfocarte en las tareas importantes en primer lugar, te anticipas a los problemas y, sobre todo, trabajas con más ritmo y eficacia.

Créditos de la fotografía: John Morgan en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Cuando acaba el día, suelo planificar lo que haré al día siguiente, siguiendo la lista de prioridades y tareas definidas. Durante la semana, registro los esfuerzos dedicados a cada tarea y así, más adelante, puedo contrastar cuánto me costó hacer algo o, simplemente, comparar si fui optimista o pesimista al valorarla.

No sé si es el mejor método, pero a mí me funciona extraordinariamente bien. Por supuesto, no es un camino de rosas. Siempre hay situaciones y personas que te rompen la concentración y las prioridades. Pero, como dice Seth Godin, una gran parte de tu trabajo consiste, precisamente, en defender tu tiempo (y tu atención) para poder completar tu trabajo.

La foto de esta entrada es de Alan Cleaver en Flickr.

Redes sociales corporativas, nueva panacea empresarial

5

Se ha anunciado esta semana la compra de Yammer por parte de Microsoft. Es un movimiento interesante, porque permitirá añadir una capa social a soluciones colaborativas como Microsoft Sharepoint.

Hoy todo está impregnado de la palabra “social” y las redes sociales corporativas son la punta de lanza de esa socialización en las empresas. Los objetivos son loables y la transformación cultural, muy necesaria: crear espacios de colaboración, fomentar la participación y la autonomía, incrementar el conocimiento de la empresa o impulsar la innovación de nuestros equiposIncluso, a veces, se habla de aumentar el sentimiento de compromiso o pertenencia (engagement) a la organización.

Echando la vista atrás, recuerdo que hubo un movimiento parecido con los blogs corporativos. Parecía que se iban a convertir en la herramienta que cambiara la participación en las organizacionespero a la gente no le gusta los discursos ni las notas de prensa.
Como comenta Julen, en “El blog corporativo ha muerto”:

Los blogs corporativos confirman lo que ya era más que evidente: que los blogs son para las personas. Y que los blogs corporativos acaban descafenaidos, manchados por un estúpido velo de marketing de nuevo cuño. O no, y entonces un blog corporativo decente acaba siendo el blog de una persona, de dos personas, de un pequeño grupo que quizá ni siente ni piensa como su corporación. Así que el blog corporativo ha muerto. Viva el blog personal.

Analizándolo con perspectiva, estoy de acuerdo con él en que afirmar que los blogs corporativos tuvieron su momento y, en la mayoría de los casos, han pasado sin pena ni gloria.

¿Están las empresas preparadas para las redes sociales corporativas?

Mi experiencia me dice que es pronto, más por la inmadurez de las empresas en el entorno social que por la propia tecnología. Los fenómenos que permiten la creación de este conocimiento son amenazantes para el esquema tradicional de nuestras organizaciones. Lo resume muy bien Virginio Gallardo:

Los mecanismos de cocreación de conocimiento como inteligencia colectiva o el sharismo son sospechosos o directamente amenazantes. (…) Para la mayoría de las empresas en sus valores culturales está escrito que ofrecer información, co-crear o compartir es una amenaza: la forma más estúpida de que sus valiosas ideas salgan de la organización para beneficiar a otros, a la competencia.

Si a las primeras de cambio nos planteamos cuánto tiempo pasan nuestros empleados en la red social (por exceso o por defecto), por qué motivos colaboran y comentan esto o aquello, cómo evitar fugas de información confidencial, cómo podemos controlar/moderar los comentarios que se hacen, o priorizamos ROI sobre la colaboración, quizá es mejor que no te metas en este jardín. Lo tienes complicado, aunque lo vendas como un juego.

Recuerdo a un amigo que me comentó que en su empresa les “sugerían” introducir un número mínimo de participaciones al mes como parte de la evaluación del desempeño.  Craso error, esto de forzar a las personas a participar o tener “animadores profesionales”, porque se desvirtúa el proceso.

Funcionará allí donde la participación y la colaboración ya sea algo interiorizado. Allí donde el respeto a las opiniones o la actitud disruptiva no sea reprendida. Por tanto, en organizaciones maduras o muy abiertas y que no estén asfixiadas por sobrevivir en el día a día. Como dice Lucas, el planteamiento es sencillo: las redes sociales (igual que los blogs) son, esencialmente, personas. Se construye es base a la relación, que es el verdadero KPI de las redes. Tan sencillo y tan difícil de entender.

Me ha gustado ver que algunas empresas reflexionan sobre las lecciones aprendidas de las redes sociales corporativas unos meses después de su adopción. Mucho antes de la tecnología, tienes que plantearte otras preguntas que va a la esencia misma de tu modelo de gestión:

¿Cómo alinear estas redes con la tradicional planificación de actividades de arriba abajo?
¿Qué ocurrirá cuando el modelo sea distribuido y las decisiones no estén centralizadas?
¿Qué hacer si la actividad en redes sociales se desvía de tu estrategia corporativa?
¿Cómo conseguir que estos espacios de co-creación generen el valor que presuponemos?

Espinosos asuntos para los que la filosofía empresarial actual no está preparada. Como se suele decir: cuando conocíamos las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas.

Créditos de la fotografía: Garfield Anderssen en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Crisis de iniciativa

1

En mi opinión, en España hay dos crisis tan importantes como la económica: por un lado, la crisis institucional (de la que hablaremos en otra ocasión) y, por otro lado, la crisis de iniciativa. Ésta última es mucho más preocupante y dañina, porque paraliza todo.

Personalmente, no creo que una crisis como la actual represente, en la mayoría de los casos, una oportunidad. El buenrollismo que existe en las redes sociales choca de bruces con la realidad de muchas personas que lo están pasando mal.

Hemos oído hasta la saciedad que falta iniciativa emprendedora, y es cierto, aunque tengo mis dudas a que sea el remedio universal a todos los males. Pero, sobre todo, falta iniciativa para abordar nuevos proyectos, por seguir avanzando, por crear y creer: la ‪crisis‬ se alimenta también con nuestro propio ‪miedo‬.

Cierto es que la menor disponibilidad de capital reduce la posibilidad de vender tus productos o servicios a clientes potenciales. Por eso, nuestra propuesta de valor tiene que apuntar a ofrecer soluciones ágiles y es necesario afinar más y mejor, tanto en aprovechar oportunidades y acertar con el modelo de negocio, como en el rigor de nuestra propia gestión.

En parte, también nos falta actitud positiva para apostar por construir y mejorar el futuro al que (parece) estamos abocados. No el tipo de optimismo de un libro de autoayuda, lleno de palabras vacías y frases zen. Me refiero a un optimismo racional, que ayude a mantener y contagiar ilusión por el día a día, como única opción para seguir progresando. Puede ser un tuit, una sonrisa, un “¡Vamos!” en el momento justo… Claro que el futuro está complicado, pero lo estará mucho más si no hacemos nada.

Y si añadimos una pizca de ansiedad por mostrar resultados inmediatos, que aumenta por la búsqueda constante del triunfo a corto plazo. El otro día comentaba con Daniel Cuñado (si no conocen su blog, muy recomendable) que parecemos instalados en un estado permanente de resignación. Hay que cambiar de síndrome del boxeador noqueado en que nos meten los medios de comunicación. Vamos a tener que cambiar y, si no lo hace nadie, a lo mejor hay que empezar por uno mismo.

En el fondo, somos nosotros, nuestras circunstancias… y lo que hacemos con ellas. Lo resumió muy bien Ricardo Tayar en su ponencia en el Congreso Web 2012, hablando de eficacia de una web, pero aplicable a otros ámbitos: conseguir la eficacia implica actitud, inconformismo, salir de la zona de confort, mirar fuera, tener un culo de mal asiento.

Una curiosidad permanente parece una buena receta para cambiar algunas cosas: cambio miedo por esa actitud que permite avanzar y se olvida de mirar el retrovisor todo el viaje. Palabra de optimista racional.

Créditos de la fotografía: Len Radin en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Empleados ágiles vs. paquidermos corporativos

0

Las personas funcionan más rápido que los Departamento de Sistemas. Es una de las ventajas de ser pequeño frente a la inmensidad de las organizaciones.

Vivimos rodeados de conceptos y siglas que no entendemos: acuerdos de nivel de servicio, procesos de servicio, ITIL, listas de acceso o implantaciones… De poco sirve invertir en redes sociales corporativas o nuevas herramientas colaborativas, si el usuario no percibe que puede usar una herramienta nueva con sencillez y eficacia y que le facilitarán su trabajo diario. Tan sencillo y eficaz como abrir un nuevo documento en un clic. Todo lo demás es sinónimo de demora y burocracia.

Frente a la lenta maquinaria de Sistemas (paquidermo), nos volvemos ágiles y nos pertrechamos con “nuestras herramientas”, las que hemos aprendido a usar de forma autónoma: abrimos un proyecto en Basecamp o creamos un wiki, compartimos información a través de Dropbox, apuntamos y compartimos nuestras tareas en Evernote… La sencillez de la nube se ha convertido en nuestra compañera de viaje.

A pesar del exceso de software colaborativo, buscamos y probamos alternativas. Por supuesto, el Departamento de Sistemas intentará llevarnos de nuevo al redil de las aplicaciones corporativas, pero para entonces quizá ya hayamos encontrado nuestro espacio.

La adopción de tecnología siempre ha fallado en el mismo punto: centramos el debate en cómo integrarlas en las estructuras existentes en vez de orientarlo a reflexionar sobre qué cosas nuevas podemos hacer con ellas y de qué formas diferentes.

¿Qué ganamos comprando tecnología si el fondo sigue siendo más burocracia?

Créditos de la fotografía: Averain en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Obsesionados por ser y tener a los mejores

4

Recientemente, un comentario en un cliente me recordó esta frase de Funky Business, el libro de los suecos locos Kjell Nordström y Jonas Riddersträhle:

Hoy en día, la sociedad de la sobreabundancia tiene un excedente de empresas similares, que tienen empleados similares, con formaciones similares, que tienen ideas similares, que producen cosas similares, de similar calidad y precios similares.

La tendencia natural es pensar en que la solución pasa por ser los mejores, diferenciarnos de esa mediocridad a la que aboca la similitud. Como decía Jesper Kunde en “A unique moment”: “las empresas han definido tan bien cuál es el mejor modo de hacer las cosas, que ahora todas ellas son más o menos idénticas”.

Es prioritario conseguir mejorar nuestra imagen de marca, diseñar los productos/servicios más innovadores (o más baratos), conseguir tener la mejor logística, ser quien dedicamos más tiempo a nuestros clientes, los más disciplinados con la ejecución de nuestras estrategias, los que aportamos mejores soluciones globales para entornos locales, los que diseñamos mejores sistemas y procesos, … Y todo esto aderezado con la obsesión constante por contratar a los mejores. Obsesionados por (ser y tener a) los mejores. No es suficiente con contratar a una persona con un perfil adecuado y con competencias personales y sociales que encajen en el equipo, únicamente nos vale personal de primera fila.

Por supuesto, en esta sociedad de crecimiento constante, una consecuencia es avanzar dando el paso de ser los mejores a ser los únicos. En los tiempos que vivimos, ser los mejores haciendo lo mismo también nos hace similares. ¿Por qué no llevar el modelo más lejos? Nuestras empresas no sólo nos piden ser los mejores, sino ser los únicos. El éxito final de este modelo depende en gran parte de la capacidad de venta externa, así que tu compromiso y dedicación deben contribuir a conseguir ese objetivo y, si es necesario, tendrás que sacrificar tu marca personal en beneficio de la organización. ¿O es posible una estrategia integrada de employer branding y personal branding que satisfaga a ambas partes?

La otra cara de la moneda es que este ansia de ser únicos y competir en las mejores ligas supone acabar con la posibilidad de un entorno saludable de empresa. El ritmo de trabajo arrasa con todo y el verdadero triunfo está relacionado únicamente con el dinero. Proyectos más grandes y clientes más relevantes.

La pregunta es si el destino merece el viaje… Porque cuando las empresas admiten que deben ser competitivas a cualquier precio, mal asunto. Por eso hace tiempo que valoro más a esas empresas que, además de consolidar sus propios beneficios para desarrollar sus proyectos, se comprometen a aportar algo para mejorar lo que les rodea, sea el mundo o su entorno más cercano.

Eso sí, que las contribuciones no se queden en un bonito informe corporativo y tengan impacto real. Que hay demasiados actos de filantropía que derrochan buenas intenciones con escasos resultados.

Créditos de la fotografía: Kirils Fostr en Flickr (bajo licencia Creative Commons)