Carmina o revienta… los canales de distribución del cine

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Este fin de semana he visto “Carmina o Revienta”, la ópera prima de Paco León. Podrían pensar que me gusta o me hace gracia este actor, pero no hay nada más lejos de la realidad. No he visto ningún capítulo de “Aída” ni otras de sus películas y tampoco es un actor que esté entre mis favoritos.

Hacia un nuevo modelo de distribución en el cine

El motivo ha sido simplemente apoyar su proyecto, por lo que implica de cambio. Esta película ha saltado las (desfasadas y rancias) reglas que aún rigen en el modelo de negocio de la producción y distribución de cine en España. Ha decidido estrenarla simultáneamente en internet (Filmin, iTunes, Google Play, Youzee, …), salas de cine, TV a la carta y DVD , ofreciendo al público toda la diversidad de plataformas de forma simultánea y dándole la oportunidad de elegir el formato que más le guste o más se adecue a su bolsillo o disponibilidad. Toda una revolución, a un precio más que razonable (1,95€).

¿Por qué las productoras y distribuidoras sólo aceptan distribuir las películas primero en salas y en Internet/DVD/TV meses más tarde? ¿Acaso todos los espectadores viven en grandes ciudades o están dispuestos a esperar meses (o incluso años) para poder verla en TV? Y si vives en el extranjero, ¿también debes esperar a que la película te llegue por los canales “tradicionales”?

Es evidente que ya no caben excusas de las descargas por piratería, sino que se trata de mantener un modelo de negocio caduco. Ya no vale la excusa de la ilegalidad, porque la distribución de esta película es perfectamente legal y a precios razonables, tal como el director ha decidido. En vez de dar la llave a los productores y distribuidores, le ha dado la llave al público para que decida libremente qué medio quiere utilizar.

Seguramente, nunca veremos un proyecto como éste en un manual de empresa, pero es pura teoría de la innovación. Desafiar las reglas establecidas y buscar nuevos modelos de negocio. Innovación abierta, porque Paco León se decidió a preguntar a su medio millón de seguidores por Twitter hace unos meses. En vez de recelar de internet, ha apostado de forma valiente por integrar esas vías de distribución en su producto y aprovechar su potencial desde el primer minuto. Hace pocos días, Paco León lo explicaba muy bien en una entrevista:

La gente lo simplifica diciendo que es una cuestión de Internet contra las salas y para nada es eso. No vamos en contra de nadie, no queremos desafiar a nadie. Mi idea es proponer algo en vez de no hacer nada. Entiendo el miedo a lo desconocido, pero el cine de pago en Internet hay que legalizarlo -argumenta en relación a las páginas pirata de Internet donde se cobra por ver contenidos a la carta- y que de ello se pueda aprovechar toda la industria.

Os animo a que la veáis en cualquier de los medios disponibles. En todo Aragón (incluida Zaragoza), por ejemplo, no es posible verla en salas de cine, así que he tenido que verla en Filmin (por cierto, primera experiencia con Filmin y muy positiva; gracias a los distribuidores por contribuir a desarrollo de otras plataformas).

Ojalá se convierta en un punto de inflexión en los modelos de distribución que conocemos.
Carmina o revienta… los canales de distribución del cine.

La foto de esta entrada es de m4tik en Flickr.

Armas de distracción masiva

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Hablábamos hace un par de días de la rapidez del escenario personal y profesional y del valor creciente de saber afrontar situaciones imprevistas con éxito. La premisa parece ser: Pase lo que pase, ¡corre!

En relación con esa rapidez permanente, hay otro tema que me ronda la cabeza: cómo hemos aumentado nuestra conectividad pero, sin embargo, vamos perdiendo la capacidad de concentración. Vivimos la revolución de estar conectado, es la sociedad de la información. Cada vez más móviles, tabletas, artilugios, cacharros, cachivaches o máquinas están online: el siguiente paso es la llamada Internet de las Cosas.

Mi generación y las siguientes ha ido asumiendo con naturalidad el uso de la tecnología. La hemos asimilando la tecnología como algo natural a nuestro tiempo, sin pensar en cómo nos cambia la vida. Somos capaces de leer una página de Internet de un vistazo o estar simultáneamente con el portátil, la TV y el móvil, pero apenas nos hemos parado a reflexionar si esto nos ha perjudicado en otros aspectos.

Nicholas Carr, el Pepito Grillo de la tecnología, lo tiene muy claro: vamos demasiado rápido. Según Carr, Internet está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Visión con un punto apocalíptico, pero que esconde una crítica que merece la pena tener en cuenta. Es famoso su artículo “Is Google Making Us Stupid?” donde ahonda sobre lo que supone la tecnología para los humanos y qué cambios provoca en nuestro cerebro:

The advantages of having immediate access to such an incredibly rich store of information are many, and they’ve been widely described and duly applauded. “The perfect recall of silicon memory,” Wired’s Clive Thompson has written, “can be an enormous boon to thinking.” But that boon comes at a price. As the media theorist Marshall McLuhan pointed out in the 1960s, media are not just passive channels of information. They supply the stuff of thought, but they also shape the process of thought. And what the Net seems to be doing is chipping away my capacity for concentration and contemplation. My mind now expects to take in information the way the Net distributes it: in a swiftly moving stream of particles. 

Carr señala que el acceso fácil a la información hace que predominen las cosas cortas, amables y bitty (digamos, troceadas o en monodosis). De hecho, cita en el artículo al bloguero Bruce Friedman, que reconocía que Internet había alterado hasta tal punto sus hábitos mentales que ya no se planteaba leer libros como “Guerra y paz” de Tolstoi, y que incluso un post de más de 4 o 5 párrafos se le hacía una tortura.

La forma de buscar, consumir información y relacionarnos ha cambiado sustancialmente. La multitarea también cambia nuestra manera de trabajar y de hacer las cosas. Tú decides cuando y cómo utilizar la tecnología, pero ella también te condiciona en cómo usarla. Supongo que el reto es obtener los máximos beneficios de la tecnología, sin perder en otros aspectos.

Y todo esto se ve incrementado por el uso de las redes sociales, los smartphones y el uso de aplicaciones como Whatsapp, que suponen fascinantes formas de comunicación y relación pero, a la vez, fomentan una distracción permanente con un bombardeo continuo de mensajes que muchas veces no sabemos (ni podemos) digerir.

Por trabajo tengo que utilizar las redes sociales, pero sólo uso las cuentas corporativas y centro mi uso personal a primera hora del día, durante la hora de comer y por la noche, aunque a veces me empeñe en romper mi regla. Es complicado resistirse a los cantos de sirena de contestar una mención en twitter, revisar si hay correo nuevo o mirar Blackberry, sobre todo, si parpadea el piloto rojo.

Supongo que la mente humana funciona así, pero si queremos evitar tardar más tiempo en hacer nuestro trabajo y conseguir un peor resultado (cuando nuestra mente está en mil cosas), debemos evitar ese bombardeo de distracciones. Me pongo como tarea releer el post de técnicas para evitar las distracciones online. Y seguir luchando cada día por no romper mis propias reglas. Armas de distracción masiva.

Créditos de la fotografía: Johan Larsson en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Adaptándonos a situaciones imprevistas

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Hace unos días escribía en Twitter:

Tengo una sensación permanente de velocidad, aunque muchas veces no sepamos muy bien hacia dónde vamos. Las redes sociales no hacen sino incrementar esta sensación: haz click y comparte esto, tuitea aquello, haz “Me gusta” en mi página. Mantén bien alto tu nivel de actividad.

Algunos intentan ir contracorriente, aunque casi nunca es fácil y la mayoría de nosotros vivimos sin tiempo para pensar. Y ya saben que por aquí nos gusta parar a pensar de vez en cuando.

Ya nadie duda que vivimos tiempos de cambio. La crisis nos trajo un nuevo escenario: minimizar costes y priorizar los (escasos) recursos. Sin embargo, cuando vimos que la crisis había llegado para quedarse empezamos a darnos cuenta que cada vez tiene más valor que la capacidad de afrontar situaciones imprevistas, incluso por encima de la planificación o la estrategia.

Por supuesto, la sensación de no controlar la situación nos genera estrés, mucho estrés. En este escenario, el mapa (estrategia) nos indica el camino, pero cada uno decidimos si conviene más ir por autopistas o por carreteras secundarias. Conoces tu destino, intenta encontrar la mejor solución con flexibilidad y autonomía (si te la dan).

Personalmente, me resulta complicado diagnosticar la situación actual con cierta perspectiva. No es nada fácil y podemos equivocarnos, pero mejor acertar a la primera, claro. Y la próxima vez que nos equivoquemos, al menos trataremos de aprender algo.

Créditos de la fotografía: Marco D en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Aplicando políticas de rendimiento en el sector público

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Vuelve el viejo (y polémico) debate sobre implantar políticas de RR.HH. del sector privado en las Administraciones Públicas:

La Asociación Catalana de Gestión Pública, en colaboración con Esade y otras entidades, ha presentado en la sede de la institución educativa el Estatuto de la Dirección Pública Profesional de Cataluña, un documento en el que se denuncia el déficit de gestión en el sector público y la indiferencia de los actores políticos hacia el desarrollo de instrumentos que hagan posible que los profesionales que están al frente de las administraciones catalanas, universidades y organismos públicos puedan ejercer su actividad con plena seguridad.

El objetivo de este documento es, según explica Esade, promover un debate abierto con los estamentos institucionales, los actores políticos, los agentes sociales y, en general, con la ciudadanía del país, para contribuir a avanzar en la institucionalización de herramientas que permitan mejorar la calidad de la dirección y la gestión de las organizaciones públicas.

En este blog, hemos defendido en varias ocasiones de la posibilidad de evaluar el rendimiento y la vinculación de una parte de la retribución de los empleados públicos a los resultados conseguidos.

Hay algunos aspectos que hace unos años no tuve en cuenta en mi análisis y que merece la pena considerar. Todo sobre la base de buscar las mejores soluciones a los problemas públicos que ayuden a gestionar del modo más eficiente posible.

El primero, es vincular el rendimiento a un sistema de remuneración incentivado. Según algunos estudios (PDF) al respecto, la gran mayoría de los intentos de impulsar estas políticas, a menudo han tenido muy poca incidencia en el comportamiento organizativo. Incluso estas políticas sólo han conseguido aumentar costes (porque los pluses de productividad se pueden convertir en una especie de derecho adquirido) o desanimar a muchos empleados por la falta de transparencia en la adjudicación de estos incentivos económicos. No olvidemos también que las diferencias retributivas (por ajustadas a la realidad que estén) suelen ser el origen del deterioro de las relaciones personales. Una opción puede ser buscar un sistema de incentivos o reconocimientos no económicos, parece que esto puede tolerarse mejor.

Otra crítica al modelo suele ser el (nada despreciable) aumento de carga administrativa que supone. Una palanca de cambio en este ámbito puede ser el uso de la tecnología, aunque está claro que el impulso de la tecnología sólo es sostenible si crea valor para la organización. Finalmente, un énfasis excesivo en objetivos cuantitativos puede llegar a obviar otros aspectos cualitativos que suelen ser más apreciados los empleados públicos.

En definitiva, hay que adecuar los instrumentos a la realidad organizativa de las Administraciones Públicas. No es lo mismo una administración local que una estatal, y tampoco resulta equiparable el sistema de evaluación de directivos que el de personal administrativo. Y la cultura organizativa y el entorno político en cada Administración juegan un papel fundamental. El sistema de evaluación no debe ser una finalidad en sí mismo, sino un instrumento de apoyo a una estrategia de cambio más amplia.

En el fondo, más que darle un enfoque de gestión interna, se trata de un proyecto de rediseño de los procesos en la Administración Pública, que muchas veces no están diseñados para servir a los ciudadanos. Las Administraciones han sabido realizar una innovación evolutiva en las Administraciones Públicas, aplicando la tecnología e Internet para realizar un salto de calidad y mejorando significativamente los servicios públicos.

Cada vez más, la sociedad demanda un sector público innovador, que reinvente esos servicios, aprovechando el uso extensivo de las TIC y acerque esa gestión a los ciudadanos. Y existen ejemplos de éxito en las Administraciones de cómo hacer las cosas de forma diferente.

Créditos de la fotografía: andercismo en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Retener talento: uno sólo conserva lo que no amarra

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Uno de los mantras más repetidos de la gestión de Personas actual es disponer de una política de retención del talento. No olvides identificar a los empleados clave de la organización y ofrecer/prometer todo lo que esté a tu alcance para evitar que ese “recurso valioso” acabe en la competencia… Buenos contratos de trabajo, satisfacción económica y estabilidad. Suma premios y reconocimiento.

Curioso uso hacemos de las palabras: retener talento. No podemos utilizar un verbo que tenga mayor sentido de posesión. Como en una relación de pareja, vivir dentro una dinámica posesiva ahoga y produce sufrimiento porque se crean expectativas poco realistas que, si no llegan a cumplirse, conducen a la desilusión y la insatisfacción.

En muchas ocasiones, necesitamos otros parámetros para dar salida a gestionar ese “talento”. Los límites de las funciones de tu puesto, las políticas o la estrategia de tu empresa son espacios demasiados pequeños. Un re-enfoque de la situación de empresa como contenedor de proyectos personales:

El concepto que voy a manejar es el de empresa como un posible contenedor de proyectos personales. Es decir, se trata de darle la vuelta al enfoque lógico: en vez del mercado, el producto y la estrategia, ¿por qué no la persona? Es bien simple. Si lo más importante es tu gente, ¿no podrías plantear la empresa como un lugar que facilitara el logro de sus proyectos personales?

La ecuación es compleja, pero plantea una idea de futuro. Resolver esta ecuación parece más fácil si pensamos en la empresa como integración de intereses (corporativos y particulares). ¿Os imagináis un grupo de profesionales independientes aportando su conocimiento y cooperando en un proyecto común?

Esta idea está alineada con el argumento que desarrolla Lynda Gratton en su libro “Prepárate: el futuro del trabajo ya está aquí”. Parte de la idea de que si el trabajo es tan determinante en nuestras vidas y consume tanto de nuestro tiempo, debemos invertir todos nuestros esfuerzos en hacer de él una realidad bien adaptada a nuestras necesidades

¿Podemos obtener los beneficios propios de trabajar para las grandes organizaciones (estabilidad, seguridad económica, formación, etc.) sin tener que renunciar a los beneficios de las más pequeñas, como son la libertad y la flexibilidad? El kilómetro cero del futuro está en el uso que le demos a la tecnología, ¿por qué no intentarlo? Gratton habla de los microemprendedores, que se benefician de la conectividad y forman ecosistemas de ideas con otros internautas.

En realidad, recuerda mucho al concepto de consultoría artesana, del que hace tiempo que quería comentar como un nuevo modelo de organización del trabajo. Podéis ver su declaración de intenciones: es el trabajo colaborativo (en red) de un grupo de profesionales con un objetivo ilusionante como punto de partida, posibilitado por las oportunidades que ofrecen los medios actuales (redes sociales, blogs, etc.).

Me gusta este concepto de red heterogénea de personas colaborando. Engancha ese cierto sentido de flujo, de pasión bien entendida, de colaboración abierta en las condiciones que cada miembro quiera. En definitiva, de convertir tu trabajo en el que te gustaría que fuera. Colaboración entre iguales, sin ataduras ni políticas de retención.

El futuro ya no es lo que era. Y, como dice Jorge Drexler, “uno sólo conserva lo que no amarra”.

Créditos de la fotografía: Winter Take en Flickr (bajo licencia Creative Commons)